Sábado, 6 Junio 2020

Dr. Landa: “La profesión médica debe ser considerada a todos los efectos como profesión de alto riesgo de exposición”

Dr. Landa: “La profesión médica debe ser considerada a todos los efectos como profesión de alto riesgo de exposición”

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El Dr. José Ignacio Landa, cirujano general y del Aparato Digestivo y  miembro del Consejo Asesor del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM), analiza en este artículo como “los profesionales médicos han estado y están expuestos a un importante riesgo de exposición a una agresión biológica de proporciones aún desconocidas independientemente de los medios de los que han dispuesto”

Madrid 11/05/2020 medicosypacientes.com

Dr. José Ignacio Landa García.

Nuestra sociedad ha ido variando a lo largo de los últimos años, influenciada por los cambios sociales se ha vuelto más demandante de la atención sanitaria. Una sociedad cada vez mas “medicalizada” por los medios de comunicación y con un incremento de la judicialización de los actos médicos. Una sociedad cada vez más exigente de una atención médica “infinita”, capaz de solucionar cualquier problema de salud a costa de reales o supuestos avances científicos y tecnológicos, que en algunas ocasiones son innecesarios, con los que es bombardeada a diario por los medios  de comunicación, con la colaboración de una parte de la industria farmacéutica. La progresiva judicialización de los actos médicos esta condicionando actitudes defensivas que pueden anteponerse a los buenos quehaceres y conocimientos médicos y que ocasionan a veces una utilización innecesaria de recursos imprescindibles para una adecuada economía sanitaria. La medicina defensiva puede situar al médico en una situación ética comprometida.  

Es aquí y ahora, cuando la relación médico-paciente debe preservarse, por ser protagonista  imprescindible en la atención de los pacientes y el marco debe ser, la confianza mutua por encima de esas influencias externas que hemos tratado. 

La Asamblea General del Consejo General de Colegios de Médicos, aprobó en marzo del 2010 la definición de profesión médica, profesional médico y profesionalismo médico, con el fin de adaptarlos al contexto actual, en el marco de los principios y valores por los que se rige esta profesión. 

Define muy acertadamente la profesión médica como “una ocupación basada en el desempeño de tareas encaminadas a promover y restablecer la salud y a identificar, diagnosticar y curar enfermedades aplicando un cuerpo de conocimiento especializado propio de nivel superior, en la que preside el espíritu de servicio y en la que se persigue el beneficio del paciente antes que el propio, y para la cual se requiere que las partes garanticen la producción, el uso y la transmisión del conocimiento científico, la mejora permanente para prestar la mejor asistencia posible, la aplicación del conocimiento de forma ética y competente, y que la práctica profesional se oriente hacia las necesidades de salud y de bienestar de las personas y de la comunidad”.

“Los profesionales de la medicina ponen a disposición de la población los conocimientos, las habilidades y el buen juicio para promover y restablecer la salud, prevenir y proteger de la enfermedad, y mantener y mejorar el bienestar de los ciudadanos. En consecuencia, la práctica diaria del profesional médico implica el compromiso con:

La integridad en la utilización del conocimiento y en la optimización de los recursos.

La compasión como guía de acción frente al sufrimiento.

La mejora permanente en el desempeño profesional para garantizar la mejor asistencia posible al ciudadano.

La colaboración con todos los profesionales e instituciones sanitarias en aras de la mejora de salud y el bienestar de la población”.

Es importante recordar aquí el “Juramento Hipocrático” tantas veces invocado. Su evolución en el mundo ha llegado a definir su doctrina final a lo largo de múltiples reuniones: Adoptada por la 2ª Asamblea General de la Asociación Médica Mundial (AMM) Ginebra, Suiza, Septiembre 1948. Enmendada por la 22ª Asamblea Médica Mundial Sídney, Australia, Agosto 1968 y la 35ª Asamblea Médica Mundial Venecia, Italia, octubre 1983y la 46ª Asamblea General de la AMM Estocolmo, Suecia, Septiembre 1994 y revisada en su redacción por la 170ª Sesión del Consejo Divonne-les-Bains, Francia, Mayo 2005y por la 173ª Sesión del Consejo, Divonne-les-Bains, Francia, Mayo 2006 y finalmente enmendada por la 68ª Asamblea General de la AMM, Chicago, Estados Unidos, Octubre 2017. 

Como miembro de la profesión médica: “Prometo solemnemente dedicar mi vida al servicio de la humanidad; Velar ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes; Respetar la autonomía y la dignidad de mis pacientes; Velar con el máximo respeto por la vida humana; No permitir que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes; Guardar y respetar los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes; Ejercer mi profesión con conciencia y dignidad,  conforme a la buena práctica médica; Promover el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica; Otorgar a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que merecen; Compartir mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud; Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel; No emplear mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza; Hago esta promesa solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor”.

“Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel”. Los médicos prometen y empeñan su palabra de honor en cuidar su salud para continuar prestando atención a los pacientes en las mejores condiciones. Independientemente del riesgo al que estén expuestos. Esta promesa lleva implícita la aceptación de un riesgo para su salud que la atención a algunos pacientes les puede acarrear. La profesión médica tiene una evidente exposición al riesgo. Un riesgo incluso por encima de muchas de las profesiones que tradicionalmente se consideran de riesgo como policías, militares y agentes de seguridad, bomberos y forestales, trabajadores motorizados, trabajadores en altura y trabajadores expuestos a sustancias peligrosas.

A.D. Brandt, en su obra publicada en 1946, “Industrial Health Engineering”, realizó un primer intento de crear una lista práctica de riesgos en función de las profesiones, en su mayoría de carácter químico (Brandt, AD. 1946. Industrial Health Engineering. Nueva York: John Wiley and Sons). Desde entonces numerosos países han desarrollado políticas de prevención de riesgos y reconocimiento de las profesiones expuestas.

En España el Anexo I del RD 39/1997 recoge las profesiones de riesgo: Trabajos con exposición a radiaciones ionizantes; Trabajos con exposición a sustancias o mezclas causantes de toxicidad aguda; Actividades en que intervienen productos químicos de alto riesgo; Trabajos con exposición a agentes biológicos; Actividades de fabricación, manipulación y utilización de explosivos; Trabajos propios de minería a cielo abierto y de interior, y sondeos en superficie terrestre o en plataformas marinas; Actividades en inmersión bajo el agua; Actividades en obras de construcción, excavación, movimientos de tierras y túneles, con riesgo de caída de altura o sepultamiento; Actividades en la industria siderúrgica y en la construcción naval; Producción de gases comprimidos, licuados o disueltos o utilización significativa de los mismos; Trabajos que produzcan concentraciones elevadas de polvo silíceo; Trabajos con riesgos eléctricos en alta tensión.

Hasta ahora los profesionales médicos en España se consideraban que disfrutaban de unas condiciones de trabajo de máxima seguridad, incluso aquellos que se desempeñan en zonas deprimidas o con escasas condiciones de salubridad. Excepto algunos que decidían salir al extranjero para realizar su trabajo, por ejemplo en actividades humanitarias en países deprimidos, lo que incrementaba exponencialmente su riesgo. Sin embargo la Comunidad Económica Europea (actual UE-27), si consideraba los trabajos con exposición a agentes biológicos como de riesgo: los trabajos con exposición a agentes biológicos de los grupos 3 y 4, según la Directiva 90/679/CEE y sus modificaciones, sobre protección de los trabajadores contra los riesgos relacionados a agentes biológicos durante el trabajo, recogido por nuestro país en el Anexo I del RD 39/1997.  El sector más representativo expuesto a estos riesgos es el sector sanitario. El agente biológico del grupo 4, define bien una situación de riesgo: un agente patógeno que cause una enfermedad grave en el hombre y suponga un serio peligro para los trabajadores; existen muchas probabilidades de que se propague en la colectividad; no existen generalmente una profilaxis o un tratamiento eficaces.

La actual pandemia ha dejado tristemente evidenciada esta situación de riesgo de los profesionales médicos. Sin dejar de considerar el resto de trabajadores sanitarios también expuestos.

Se cita a Hipócrates como el autor de la primera denominación de una epidemia de gripe, la “tos de Perinto” (412 a. C.). Hipócrates describió que los perintios presentaron una fuerte irritación de garganta que les impedía tragar. En 1580 se describió la primera pandemia de gripe y desde entonces se han documentado aproximadamente 31 pandemias causadas por esta enfermedad, tres de ellas ya en el siglo pasado: la Española en 1918, que causo entre 40 y 100 millones de muertos, la Asiática en 1957, que causo entre 1 y 1,5 millones de muertos y la de Hong Kong, que causo cerca de 1 millón de muertos. Ya en nuestro siglo, el SARS en 2003, que causo más de 700.000 muertos y la A (H1N1) de 2009, que también supero los 700.000 muertos.

La pandemia actual del COVID-19 (Coronavirus Disease 2019) ha puesto a prueba los sistemas sanitarios del mundo. En nuestro país, si bien la asistencia hospitalaria está jugando un papel fundamental en la atención de los pacientes graves y críticos, ha podido jugar también a favor de la difusión del virus por la abrupta masificación asistencial. Los pacientes han acudido de forma importante a los hospitales con cierto pánico (como es habitual en nuestra sociedad acompañados de familiares y vecinos) y la sanidad hospitalaria se ha colapsado y puede haber jugado un papel de transmisión. Sin embargo, desde el inicio de la alarma sanitaria e incluso antes, la medicina asistencial primaria, primer escalón de la asistencia, está jugando y deberá jugar aun más, un papel imprescindible en la extensión de la enfermedad. Los médicos de atención primaria, en primera fila y con medios bastante discutibles, atienden con alto riesgo de exposición a la mayoría de la población enferma.

Ya en la pandemia de 1918 de la que hemos aprendido poco, la alta exposición de los profesionales médicos acabo con la vida de muchos de ellos. Es curioso recordar que en esa pandemia, el Obispo de Zamora, Antonio Alvaro Ballano, intento luchar contra la infección, en contra de la opinión de los médicos, a base de fe y celebraciones religiosas multitudinarias que se tradujeron en uno de los más altos focos de contagio de nuestro país. Nosotros lo hemos imitado con actos multitudinarios político-sociales y deportivos. Nunca mejor dicho “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” (J A N Ruiz de Santayana y Borras).

Recomiendo la lectura del libro “El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambio el mundo” (Laura Spinney, edit. Critica, 2018), con una extensa exposición de lo que ocurrió en el mundo durante la epidemia. Es curioso que L Spinney escriba que, “lo que la gripe española nos enseña es, básicamente, que es inevitable que se produzca otra pandemia de gripe, pero que mate a diez millones o a cien millones de personas dependerá del mundo en el que surja”. Pues su premonición se ha cumplido en una sociedad, al menos la nuestra, que no estaba preparada y con una administración cuanto menos dubitativa. 

La Organización Mundial de la Salud (OMC), ha publicado un importante documento titulado “Brote de la enfermedad por coronavirus (COVID-19): derechos, roles y responsabilidades de los trabajadores de la salud, incluidas las consideraciones clave para la seguridad y salud en el trabajo” (Orientación provisional 19 de marzo de 2020): Los trabajadores de salud están en la primera línea de la respuesta al brote de COVID-19 y, como tales, están expuestos a riesgos. Los riesgos incluyen exposición a patógenos, largas horas de trabajo, angustia psicológica, fatiga, agotamiento ocupacional, estigma y violencia física y psicológica.

Recoge también el documento una serie de derechos de los profesionales y responsabilidades de la administración. Se puede destacar por su interés algunas de estas medidas:

La administración debe asumir la responsabilidad general de garantizar que se tomen todas las medidas preventivas y de protección necesarias para minimizar los riesgos de seguridad y salud ocupacional; 

Proporcionar suministros adecuados de IPC y PPE (máscaras, guantes, gafas protectoras, batas, desinfectante para manos, agua y jabón, suministros de limpieza) en cantidad suficiente para aquellos que atienden a pacientes sospechosos o confirmados de COVID-19;

Proporcionar medidas de seguridad apropiadas según sea necesario para la seguridad personal; 

Permitir que los trabajadores de la salud ejerzan el derecho de retirarse de una situación laboral que tiene una justificación razonable para creer que representa un peligro inminente y grave para su vida o salud, y proteger a los trabajadores de la salud que ejercen este derecho de cualquier consecuencia indebida; 

No exigir a los trabajadores de salud que regresen a una situación laboral en la que haya habido un grave peligro para la vida o la salud hasta que se hayan tomado las medidas correctivas necesarias. 

Nadie duda de que estas medidas no se han cumplido en niveles aceptables. Sin embargo, no es el principal objetivo de este escrito. Sí, que los profesionales médicos han estado y están expuestos a un importante riesgo de exposición a una agresión biológica de proporciones aún desconocidas independientemente de los medios de los que han dispuesto. El llamativo número de profesionales médicos fallecidos, a la cabeza mundial, es suficiente para una consideración por parte del Gobierno de reconocer la profesión médica como profesión de alto riesgo. No basta con el riesgo puntual en determinadas ocasiones, como en la pandemia actual en la que según recoge la OMS “los riesgos incluyen exposición a patógenos, largas horas de trabajo, angustia psicológica, fatiga, agotamiento ocupacional, estigma y violencia física y psicológica”. Estos riesgos son más habituales de lo que nuestra administración reconoce en el quehacer diario de nuestra profesión, aunque el COVID-19 lo haya puesto ahora de manifiesto. 

Deberemos estar preparados para futuros retos, los profesionales médicos lo estamos y recordamos a nuestros gobernantes que la pandemia de 1918 tuvo al menos tres brotes valorables durante casi dos años y,  que se van a necesitar más y mejores medios para la lucha contra el virus y para los luchadores de primera fila en alto riesgo de exposición. De entrada la debida consideración de la profesión médica como de alto riesgo de exposición.